“Amar no es mirarse el uno al otro es mirar juntos en la misma dirección”

Antoine de Saint Exupery

miércoles, 7 de septiembre de 2011

EDUCAR EN LA FE

En la propia familia se forja el carácter, la personalidad, las costumbres... y también se aprende a tratar a Dios. Una tarea que cada día resulta más necesaria, como se señala en este artículo.

Cada hijo es una muestra de confianza de Dios con los padres, que les
encomienda el cuidado y la guía de una criatura llamada a la felicidadeterna. La fe es el mejor legado que se les puede transmitir; más aún: eslo único verdaderamente importante, pues es lo que da sentido último a laexistencia. Dios, por lo demás, nunca encarga una misión sin dar losmedios imprescindibles para llevarla a cabo; y así, ninguna comunidadhumana está tan bien dotada como la familia para facilitar que la fearraigue en los corazones.


EL TESTIMONIO PERSONAL


La educación de la fe no es una mera enseñanza, sino la transmisión de un
mensaje de vida. Aunque la palabra de Dios es eficaz en sí misma, paradifundirla el Señor ha querido servirse del testimonio y de la mediaciónde los hombres: el Evangelio resulta convincente cuando se ve encarnado.

Esto vale de manera particular cuando nos referimos a los niños, que
distinguen con dificultad entre lo que se dice y quién lo dice; y adquiereaún más fuerza cuando pensamos en los propios hijos, pues no diferencianclaramente entre la madre o el padre que reza y la oración misma: más aún,la oración tiene valor especial, es amable y significativa, porque quienreza es su madre o su padre.

Esto hace que los padres tengan todo a su favor para comunicar la fe a sus
hijos: lo que Dios espera de ellos, más que palabras, es que sean piadosos,coherentes. Su testimonio personal debe estar presente ante los hijos en todo momento, con naturalidad, sin pretender dar lecciones constantemente.


A veces, basta con que los hijos vean la alegría de sus padres al
confesarse, para que la fe se haga fuerte en sus corazones. No cabeminusvalorar la perspicacia de los niños, aunque parezcan ingenuos: enrealidad, conocen a sus padres, en lo bueno y en lo menos bueno, y todo loque éstos hacen –u omiten– es para ellos un mensaje que ayuda a formarlos olos deforma.

Benedicto XVI ha explicado muchas veces que los cambios profundos en las
instituciones y en las personas suelen promoverlos los santos, no quienesson más sabios o poderosos: «En las vicisitudes de la historia, [lossantos] han sido los verdaderos reformadores que tantas veces hanremontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempreen peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo» En la familia sucede algo parecido. Sin duda, hay que pensar en cuál es el modo más pedagógico de transmitir la fe, y formarse para ser buenoseducadores; pero lo decisivo es el empeño de los padres por querer sersantos. Es la santidad personal la que permitirá acertar con la mejor
pedagogía.

"En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos
resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad,hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramentepiadosos, para poder transmitir –más que enseñar– esa piedad a los hijos"

AMBIENTE DE CONFIANZA Y AMISTAD


Por otra parte, vemos que muchos chicos y chicas –sobre todo, en la
juventud y adolescencia– acaban flaqueando en la fe que han recibidocuando sufren algún tipo de prueba. El origen de estas crisis puede sermuy diverso –la presión de un ambiente paganizado, unos amigos queridiculizan las convicciones religiosas, un profesor que da sus lecciones
desde una perspectiva atea o que pone a Dios entre paréntesis–, pero estascrisis cobran fuerza sólo cuando quienes las sufren no aciertan a planteara las personas adecuadas lo que les pasa.

Es importante facilitar la confianza con los hijos, y que éstos encuentren
siempre disponibles a sus padres para dedicarles tiempo. Los chicos –aunlos que parecen más díscolos y despegados– desean siempre eseacercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en laconfianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que noden jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal. Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar. No hay que esperar a la adolescencia para poner en práctica estos consejos: se puede propiciar desde edades muy tempranas.

Hablar con los hijos es de las cosas más gratas que existen, y la puerta
más directa para entablar una profunda amistad con ellos. Cuando unapersona adquiere confianza con otra, se establece un puente de mutua satisfacción, y pocas veces desaprovechará la oportunidad de conversar sobre sus inquietudes y sus sentimientos; que es, por otra parte, una manera de conocerse mejor a uno mismo. Aunque hay edades más difíciles que otras para lograr esa cercanía, los padres no deben cejar en su ilusión por llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las
inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se esperauna ayuda eficaz y amable.

En ese ambiente de amistad, los hijos oyen hablar de Dios de un modo grato
y atrayente. Todo esto requiere que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos, y un tiempo que sea “de calidad”: el hijo debe percibir que sus cosas nos interesan más que el resto de nuestras ocupaciones. Esto implica acciones concretas, que las circunstancias no pueden llevar a omitir o retrasar una y otra vez: apagar la televisión o el ordenador –o dejar, claramente, de prestarle atención– cuando la chica o el chico pregunta por nosotros y se nota que quiere hablar; recortar la dedicación
al trabajo; buscar formas de recreo y entretenimiento que faciliten la conversación y vida familiar, etc.

EL MISTERIO DE LA LIBERTAD


Cuando está por medio la libertad personal, no siempre las personas hacen
lo que más les conviene, o lo que parecería previsible en virtud de los medios que hemos puesto. A veces las cosas se hacen bien pero salen mal –al menos, aparentemente–, y sirve de poco culpabilizarse –o echar la culpa a otros– de esos resultados.

Lo más sensato es pensar cómo educar cada vez mejor, y cómo ayudar a otros
a hacer lo mismo; no hay, en este ámbito, fórmulas mágicas. Cada uno tiene un modo propio de ser, que le lleva a explicar y plantear las cosas de un
modo diverso; y lo mismo puede decirse de los educandos que, aunque vivan en un ambiente semejante, poseen intereses y sensibilidades diversas.

Tal variedad no es, sin embargo, un obstáculo. Más aún, amplia los
horizontes educativos: por una parte, posibilita que la educación se encuadre, realmente, dentro de una relación única, ajena a estereotipos; por otra, la relación con los temperamentos y caracteres de los diversos hijos favorece la pluralidad de situaciones educativas.

Por eso, si bien el camino de la fe de es el más personal que existe –pues
hace referencia a lo más íntimo de la persona, su relación con Dios–, podemos ayudar a recorrerlo: eso es la educación. Si consideramos despacio
en nuestra oración personal el modo de ser de cada persona, Dios nos dará luces para acertar.

Transmitir la fe no es tanto una cuestión de estrategia o de programación,
como de facilitar que cada uno descubra el designio de Dios para su vida. Ayudarle a que vea por sí mismo que debe mejorar, y en qué, porque nosotros propiamente no cambiamos a nadie: cambian ellos porque quieren.

DIVERSOS ÁMBITOS DE ATENCIÓN


Podrían señalarse diversos aspectos que tienen gran importancia para
transmitir la fe. Uno primero es quizá la vida de piedad en la familia, la cercanía a Dios en la oración y los sacramentos. Cuando los padres no la “esconden” –a veces involuntariamente– ese trato con Dios se manifiesta en acciones que lo hacen presente en la familia, de un modo natural y que respeta la autonomía de los hijos. Bendecir la mesa, o rezar con los hijos pequeños las oraciones de la mañana o la noche, o enseñarles a recurrir a los Ángeles Custodios o a tener detalles de cariño con la Virgen, son modos concretos de favorecer la virtud de la piedad en los niños, tantas veces dándoles recursos que les acompañarán toda la vida.

Otro medio es la doctrina: una piedad sin doctrina es muy vulnerable ante
el acoso intelectual que sufren o sufrirán los hijos a lo largo de su vida; necesitan una formación apologética profunda y, al mismo tiempo, práctica.

Lógicamente, también en este campo es importante saber respetar las
peculiaridades propias de cada edad. Muchas veces, hablar sobre un tema de actualidad o un libro podrá ser una ocasión de enseñar la doctrina a los
hijos mayores (esto, cuando no sean ellos mismos los que se dirijan a nosotros para preguntarnos).

Con los pequeños, la formación catequética que pueden recibir en la
parroquia o en la escuela es una ocasión ideal. Repasar con ellos las lecciones que han recibido o enseñarles de un modo sugerente aspectos del catecismo que tal vez se han omitido, hacen que los niños entiendan la importancia del estudio de la doctrina de Jesús, gracias al cariño que
muestran los padres por ella.

Otro aspecto relevante es la educación en las virtudes, porque si hay
piedad y hay doctrina, pero poca virtud, esos chicos o chicas acabarán pensando y sintiendo como viven, no como les dicte la razón iluminada por la fe, o la fe asumida porque pensada. Formar las virtudes requiere resaltar la importancia de la exigencia personal, del empeño en el trabajo, de la generosidad y de la templanza.

Educar en esos bienes impulsa al hombre por encima de las apetencias
materiales; le hace más lúcido, más apto para entender las realidades del espíritu. Quienes educan a sus hijos con poca exigencia –nunca les dicen que “no” a nada y buscan satisfacer todos sus deseos–, ciegan con eso las puertas del espíritu.

Es una condescendencia que puede nacer del cariño, pero también del querer
ahorrarse el esfuerzo que supone educar mejor, poner límites a los apetitos, enseñar a obedecer o a esperar. Y como la dinámica del consumismo es de por sí insaciable, caer en ese error lleva a las personas a estilos de vida caprichosos y antojadizos, y les introducen en una espiral de búsqueda de comodidad que supone siempre un déficit de virtudes humanas y de interés por los asuntos de los demás.

Crecer en un mundo en el que todos los caprichos se cumplen es un pesado
lastre para la vida espiritual, que incapacita al alma –casi en la raíz– para la donación y el compromiso.

Otro aspecto que conviene considerar es el ambiente, pues tiene una gran
fuerza de persuasión. Todos conocemos chicos educados en la piedad que se han visto arrastrados por un ambiente que no estaban preparados para superar. Por eso, es preciso estar pendientes de dónde se educan loshijos, y crear o buscar entornos que faciliten el crecimiento de la fe y de la virtud. Es algo parecido a lo que sucede en un jardín: nosotros no hacemos crecer a las plantas, pero sí podemos proporcionar los medios –abono, agua, etc.– y el clima adecuados para que crezcan.

Como aconsejaba san Josemaría a unos padres: "procurad darles buen
ejemplo, procurad no esconder vuestra piedad, procurad ser limpios en vuestra conducta: entonces aprenderán, y serán la corona de vuestra madurez y de vuestra vejez" .

A. Aguiló

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